Ramón Acín fue uno de esos Maestros excepcionales que tenemos la obligación de reivindicar y dar a conocer a las generaciones actuales y futuras. Para empezar, era un profesor «que no suspendía». Él garantizaba el aprobado a todos y prometía dedicarse en cuerpo y alma a los que deseaban de verdad aprender; y a éstos que querían aprender de verdad les exigía todo lo que era necesario para educarlos, para sacar lo mejor de sus talentos. Todos sus alumnos hablan de él como de un profesor exigente.
El hecho de no suspender, que pudiera parecer al lector un esnobismo, o una dejación de su responsabilidad como profesor, es, sin embargo, para nosotros, uno de los aspectos más fundamentales de su concepción acerca de la enseñanza. Él estaba en contra de los programas, de los exámenes, de la enseñanza reglada, que empobrece la mente y obliga al profesor a clasificar a los alumnos en función de unos criterios que nada tienen que ver con el verdadero talento. Por eso los liberaba desde el comienzo del curso de esta espada de Damocles y les invitaba a trabajar para aprender y no para aprobar, que es lo que suele suceder cuando todo depende de un examen y de una nota clasificatoria. Los exámenes y las notas deforman y corrompen la verdadera esencia del aprendizaje.
Ramón Acín era un amante del trabajo de campo, es decir, que acostumbraba a salir con sus alumnos al parque, a la naturaleza, para realizar bocetos y tomar apuntes directamente de la realidad; luego, en el estudio, se completaban los dibujos con la mirada atenta del profesor que desea un buen producto final, que pone su sabiduría y experiencia al servicio de los que desean aprender. Y lo hacía con mucha delicadeza, pero al mismo tiempo, con un gran rigor. Con trato afable, con actitud positiva y con un acentuado sentido del humor, conseguía siempre lo mejor. Era exigente, pero daba los mejores consejos y tenía toda la paciencia del mundo para con ellos y ellas. Para que se produzca el verdadero aprendizaje es necesario que exista una corriente afectiva entre el que enseña y el que aprende; ésta es una regla de oro de la pedagogía.
Republicano y anarquista
El republicanismo en Acín formó parte de su compromiso político, aparte de ser siempre un anarquista, en él no hubo virajes hacia otras ideologías, siempre manifestó sus simpatías con la República como régimen político. Antes de 1920 fundó con otros oscenses la Agrupación Libre, en la que se pretendía integrar a todas las tendencias republicanas y de izquierda con el objetivo de crear plataformas de choque contra el caciquismo oscense.
En plena dictadura primorriverista, en 1926, Ramón Acín, desde Huesca, estuvo comprometido en la "Sanjuanada"(tiene cojones la palabra siendo sanjuandarra) cuyo objetivo no sólo era acabar con la Dictadura de Primo de Rivera sino también proclamar la República.
Sindicalista, autocrítico y tolerante
Como anarquista y sindicalista, nunca dejó de serlo, Ramón Acín postuló siempre por la práctica sindical reivindicativa, huyendo de enfrentamientos violentos. Siempre creyó que a través de la educación y de la formación se hacía a los hombres libres y tolerantes. Huyó de la polarización social extrema en todo momento. Si en un principio, en sus escritos hubo radicalidad y algún que otro exabrupto, con el paso de los años los fue limando y atenuando. Autocrítico, confesaba que con la trayectoria escogida en sus primeros años de militancia a pocos hubiera convencido.
Nada más empezar el Alzamiento Nacional, convencido de que en cuestión de días se iba a sofocar, se dejó llevar por la actitud un tanto pusilánime del gobernador civil Carrascosa, de no armar al pueblo el 18 de julio por más que lo demandasen las organizaciones sociopolíticas. Él mismo fue víctima de su pacifismo, escondido en su propia casa, buscado por los falangistas oscenses que cada dos por tres importunaban a Conchita Monrás, fue fusilado en las tapias del cementerio de Huesca el 6 de agosto de 1936, su esposa lo sería días después.
José de Tapia, le dedicó estas letras,
Si en tus históricas construcciones guardas tesoros de artistas que huyeron de nosotros; si tu Catedral, con su soberbio retablo; tu San Pedro el Viejo, tus Casas Consistoriales, tu Palacio de los Reyes, y tantos otros monumentos notables que encierras hacen detener al viajero y lo extasían con- sus grandezas, permítenos a nosotros, soñadores y mágicos creadores del mañana, detenernos ante tu más humano, más grande y más sublime artista.
Te hablamos de Acín, del hombre artista o del artista hombre, del hombre bueno que quiso encontrar palabras para poner en otros sus más nobles y bellas cualidades; del hombre sencillo que poco a poco, silenciosamente, va reuniendo en la casa encantada cantidades para nosotros fantásticas de cosas bellas, cosas únicas, de cosas mágicas que hacen saltar al corazón y derramarse al alma.
Acín es tu artista supremo; tú así lo reconocerás. Él creará cosas inimitables, pero su obra mayor y mejor, su más difícil obra, su obra de gran maestro y gran artista, ya te la ha donado.
Su mejor obra es su VIDA.
Nosotros no sabíamos desprendernos de los impalpables lazos que nos ligaban a aquella casa. Nosotros estrechábamos aquellas tibias manitas de la más genial realización artística y sentíamos hondamente el dolor de tener que romper aquel encanto que nos embargaba haciéndonos vibrar en emociones desconocidas. Para vosotras, bellas Sol y Katia, el recuerdo y la añoranza más ardientemente sentidos de un padre y un maestro.
Vuestra bella imagen perdurará a través de los más fuertes temporales de nuestra existencia poderosamente enmarcada por las siluetas sublimes de quienes la sabia Natura os deparó por creadores.




No hay comentarios:
Publicar un comentario