lunes, 5 de mayo de 2014

¿Como saber cuando actuar y cuando dejar de hacerlo?

¿Cómo saber cuándo actuar y cuándo dejar de hacerlo? 

No pueden existir reglas prefijadas que regulen el fluir natural con el que vivir los acontecimientos con la frescura y espontaneidad de quién va con ellos pues el fluir abre su propio camino en cada momento. 

Y para fluir naturalmente con lo que acontece a cada momento se requiere una Presencia neutra, que no se identifique ni con el suceso en sí ni con las inquietudes que éste puede despertar en quién está observando, de manera que ningún resultado sea pretendido. 

De igual manera que una balsa es llevada por la corriente sin ofrecerle resistencia ni intención de destino, lo que fluye sólo puede sorprenderse por lo que va sucediendo en cada instante pues nada necesita saber ni resolver. Y para que nada de eso suceda, qué mejor que sea otra nada la que esté presente, un inmenso vacío impregnado de la infinita posibilidad de cada suceso y de su ausencia. 
Tan solo si es la Nada la que observa, nada puede ser observado y sin nadie para observar, lo que sucede no puede ser modificado. Sin ojos que miren, juzguen e interpreten, la desnudez se halla potencialmente vestida de mil colores que en cualquier instante pueden venir a mostrarse sin miedo ni vergüenza.
Y qué hay más ligero que la desnudez libre de adornos y ropajes cuando está dispuesta a ser vestida y desvestida de nuevo sin juzgar ni ser juzgada, sin guiar el proceso, sin dirigirlo de manera que sean los colores quiénes la adornen tal como van llegando y aconteciendo. 
¿Con qué criterio decidiríamos el vestido con el que la desnudez elegiría mostrarse?; ¿acaso la desnudez no ha decidido ya cómo quiere presentarse? Y si la vida quisiera vestirla de alguna manera, ¿podría la desnudez elegir el color y las prendas con las que mostrarse? Entonces, ¿quiénes somos para escoger el cómo y el cuándo de cualquier acontecimiento? ¿Hay alguna certeza de que la vida quiera desplegarlo? ¿Puede haber un cómo y un cuándo de lo que no sucede? ¿Puede la Nada ser condicionada por algo o por alguien? 

Si la respuesta es “no“, para qué traer el “sí“ que no puede ser traído ni llevado. Si el “sí“ decide hacer acto de presencia lo hará por sí mismo sin necesidad de ayuda externa; lo que ha de ser ayudado desde fuera es porque aun no ha decidido mostrarse. ¿Y qué sentido tendría obligar a las gotas de agua salada a alzarse hacia el cielo para formar nubes de tormenta? ¿Acaso la tormenta, si es que ha de acontecer, no llegará por sí misma? ¿Puede un martillo picar sobre las nubes para que vacíen el agua que llevan dentro?

Llegado el momento, las gotas inician alegremente su descenso y el mar jamás precipita que regresen a su encuentro. ¿Por qué tú habrías de ser distinto? Y si al final ha de llover, ¿no podría el viento hacerlas correr? ¿Quién garantiza que las gotas caerán allá donde comenzaron a alzarse? Nadie garantiza nada y si no hay nada, absolutamente nada que haya de ser garantizado, la vida se siente libre para jugar a su antojo.

Así cuando el juego es libre, la partida acude gozosa a regalarse. Es entonces que las fichas son piezas del Universo, que les ofrece su sitio exacto en el tablero. Muere de esta forma una estrecha y arraigada creencia, pues lo exacto lejos de ser lo calculado se convierte en lo que no ha podido preverse. Así cuando nada es previsto, es el Todo el que está por fin presente. Y una vez más, la muerte de la creencia es la vida de su ausencia. 



  

No hay comentarios:

Publicar un comentario