Cada vez que inicio la redacción de un artículo de mi blog pienso algo parecido a lo siguiente:
¿Incomodaré a algunos lectores por tratar este tema?
¿Me congraciaré con algunos otros por abordar esta cuestión?
Por enorme que fuere la dosis de buenismo que me invadiera (dosis que acostumbra a ser siempre minúscula, circunstancia de la que me felicito íntima y repetidamente), no me sería factible agradar o complacer a todo el mundo…por muy bien que yo escribiese…ni tampoco por excelente que fuera mi argumentario….ni aún por novedoso que resultare el enfoque…
No, decididamente creo que no es posible estar a bien con todos quienes tienen la significada deferencia de leer mis textos, a menos que logre ser un fénix de los ingenios, requisito que obviamente no cumplo, ni cumpliré.
Por el contrario, si que es muy cierta la posibilidad de incurrir en el riesgo de desagradar a la práctica totalidad de los seguidores. Es mas, no sólo es ello factible, sino que es relativamente fácil que ocurra, a la que uno no preste mucha atención y cuidadoso esmero en seleccionar la temática a tratar.
¿Y por qué razón? Pues porque sabido es que en todos los aspectos de la vida, incluido el literario, la Torpeza es siempre más feraz que el Acierto.
A propósito: ¿me habrá ya sucedido a mí en alguna ocasión, el sembrar un desagrado general?
Yo confío en que no haya sido así, y para prevenirme de que se diera esta terrible circunstancia, he llegado a la conclusión de que sólo existe una norma preventiva de general aplicación, y que consiste ésta en respetar prudentemente aquel dicho:
“De lo que no podemos hablar, mejor es callarse”
Me explicaré. La cita es del filósofo Ludwig Wittgenstein y aparece en su “Tratado lógico-psicológico".
Esta cita, así a pelo, y mencionada aquí, fuera de su contexto, puede parecer una perogrullada.
Casi podríamos decir que lo es.
Pero no es así realmente…
En mi opinión, “hablar” no consiste únicamente en articular palabras para darse a entender, sino que la acepción de este vocablo incluye la característica de razonar o de tratar de algo practicando, lo que constituye un objetivo netamente más ambicioso. En este contexto más amplio, adquiere pleno sentido la anterior formulación de Wittgenstein, al entenderse que si creo que no voy a poder razonar sobre un tema, es preferible dejarlo de lado y no “hablarlo”.
Por reflexiva consecuencia de lo anterior, decidí desde un buen principio, que no adoptaría nunca como eje principal de ningún texto que salga de mi cerebrito, de la temática religiosa.
Al establecer así que este tema tema no son “hablables”, no pretendo anatemizarles como no opinable o tratable, pero, a mi lego entender, no serán nunca dialogables en el marco de la racionalidad sustentada por el concepto de “hablar”.
Ocurre algo similar cuando dos personas se enzarzan en argumentaciones sobre el tema religioso desde dos creencias distintas, o una de ellas desde un agnosticismo militante, Acostumbra a producirse una discusión básicamente visceral, disfrazada en el mejor de los casos con un arlequinado argumentarlo que resulta bastante deleznable en la gran mayoría de las ocasiones.
En resumen doy la razón a Wittgenstein a pesar de la aparente inanidad de su formulación.
De aquí al elogio del silencio, hay sólo un paso… y un paso corto.
Por chocante que les pueda parecer, considero yo que el uso hábil y oportuno del silencio en una conversación, forma parte del “hablar”, es decir que el callar contiene racionalidad, y puedo hacerme entender de igual forma que con un breve alto entre dos sollozos se realza la sensación de pena o desconsuelo mucho mejor que con un lloriqueo continuo que acaba por destemplar al interlocutor.
Leí hace ya algún tiempo una gacetilla cuya tesis era que los silencios debidamente administrados eran unos fuertes inductores de la calidad de una conversación. También propugnaba que en las clases de oratoria debería figurar como elemento clave el uso del silencio intermitente como catalizador del proceso mental de digestión intelectual de quien escucha, y como eficaz activador de una mayor serenidad de espíritu en el interlocutor, quien lo agradece “racionalizando” él a su vez en mayor medida sus contratesis. Ello redunda, sin ninguna duda según el autor del artículo, en una elevación general de la calidad de la comunicación entre ambos. Aseguraba dicho autor (especialista en formar managers para hablar en público) que había podido comprobar su teoría en innumerables ocasiones a lo largo de su vida profesional, y que conservaba grabaciones de conversaciones haciendo uso de los silencios y otras sin tal estrategia. Podía percibirse con claridad meridiana la diferencia de calidad obtenida.
A mi me convenció , pero la dificultad o mejor dicho la tentación de aumentar el numero de vocablos emitidos por unidad de tiempo es en muchos casos tan fuerte, que relega a un segundo plano la dosificación de los silencios por temor a que sean éstos aprovechados por el otro interlocutor ”contrincante” para insertar subrepticiamente sus contra-argumentaciones.
Es una lástima, pues los símiles que se me habían ocurrido eran bastante ocurrentes y hasta uno de ellos realmente jocoso.
Todo sea por el amor de las buenas costumbres ….y en favor de mi tesis del silencio oportuno.

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