domingo, 27 de julio de 2014

La educación espartana, así se forjan los hombres.

No ha habido ningún pueblo antiguo como aquel conocido bajo el nombre de Lacedemonia, o nombrado más comúnmente, Esparta. Grandes y notables fueron sus diferencias con sus coetáneos que les caracterizaron de una forma singular, y gracias a estas diferencias se les alabó y recordó por el paso de la historia.


   Un punto de esta conocida sociedad, el cual siempre se trata y estudia con incredulidad, a la par que con curiosidad, hace referencia a la educación del joven espartano, implantada por Licurgo. No hay que deshumanizar esta educación puesto que en ella no se buscaba la crueldad contra el ser humano. El espartano era educado desde su más tierna infancia para formar parte del Estado; y si éste lo necesitara  para la batalla, el espartano luchará hasta morir. Con ello, se anulaba la voluntad individual en pro del conjunto de la sociedad, se era parte de una colectividad, y para formar parte de esta, el recién nacido tendría que ser declarado apto, luego, reunir unos requisitos para no ser rechazado por la sociedad, y así en un futuro formar parte de los hoinoioi, los hombres libres.



Tras su nacimiento y a los pocos días de vida, el recién nacido era sometido a un examen minucioso por un grupo de ancianos espartanos. Se llevaba al bebé en cuestión ante este grupo, el cual se encargaba de observar si el bebé poseía alguna discapacidad o enfermedad que alternase su modus vivendi. Todo aquel bebé, ya fuese del sexo femenino o masculino que no pasase tal minucioso examen, era desechado y condenado a morir. Respecto al fin de estos niños, existen diversas hipótesis; hay quienes alegan que eran arrojados por un acantilado del Monte Teigeto mientras que otros apuntan al abandono del bebé en este monte para que el frío o algún animal acabara con su vida. Por otra parte, aquel que era considerado apto por los ancianos, sería devuelto al hogar, aunque según Indro Montanelli, antes de volver a los brazos de su madre debían pasar una noche a la intemperie, “sólo aquellos que sobrevivían a las inclemencias del tiempo volverían al calor del hogar”.

Las madres espartanas no se caracterizaban por malcriar o mimar a sus descendientes. Al bebé no se le ponía pañal y, se les daba de comer lo que hubiera, así evitaban que su paladar se volviera “delicado”. Se les bañaban en vino porque pensaban que aquella criatura enfermiza o epiléptica moriría con el tratamiento mientras que la sana se fortalecería. Se les dejaban a oscuras para que perdieran todo miedo a la oscuridad, e incluso, se les dejaban solas para que se acostumbraran a valerse por sí mismos, consiguiendo hacer del niño un ser autosuficiente. Todas estas prácticas fueron recogidas por  Plutarco, que las describían de la siguiente forma: “procurando hacerlos liberales en sus miembros y su figura; fáciles y no melindrosos para ser alimentado: imperturbales en las tinieblas; sin miedo en la soledad, y no incómodos y fastidiosis con sus lloros”.



Al cumplir los 7 años, los varones eran separados de sus madres y, se iniciaban así  esa estricta educación. Aunque las niñas se quedaran en casa y no fueran reclamadas por el Estado, esto no significan que careciesen de educación. La mujer espartana era educada de forma totalmente diferente a la mujer ateniense, ya que era educada para ser independiente del varón,  saber llevar la economía de un hogar, y además, ejercitaba su físico para poder engendrar a futuros guerreros espartanos.

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